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SOMBRAS ANÓNIMAS EN PÚBLICO…BELLEZA Y SUEÑOS DEBAJO DE SUS MANTAS

Written by DanielaZavala. Posted in Read The Backpacker

Published on August 27, 2013 with No Comments

Tribal, étnico, volátil y profundamente conservadora son las mejores palabras que describen Yemen.

Abatido por facciones separatistas, agentes de al-Qaeda, creciente número de refugiados, revueltas impredecibles, pobreza crítica y alto desempleo, el futuro de esta nación árabe parece condenado al fracaso.

Situado en la Península Arábiga bordeando Omán y Arabia Saudita, este país de 24 millones de personas es también uno de los centros más antiguos de la civilización.

Caminando por las calles de Saná, la capital, es como retroceder en el tiempo. Al salir del hotel, me sentí como si estuviera en una escena de la famosa película “Lawrence de Arabia”, sumergiéndome en una antigua ciudad del desierto, donde las tribus siguen gobernando.

View from the gate

A tan sólo minutos de adentrarme en el corazón del casco histórico de la ciudad, ya me encontraba perdida en sus estrechas y empedradas callejuelas, repletas de mezquitas, baños turcos y cientos de viejas edificaciones de cinco pisos, construidas en piedra y ladrillo cocido y decoradas con techos de alabastro y ventanas hechas de mármol y ébano. La mayoría de estas construcciones datan de antes del siglo 11.

Habitada desde hace más de 2.500 años, se dice que el hijo mayor de Noé fundó Sana’a. Quizás ésta es la ciudad antigua más conservadora y mejor conservada que he visitado en el Medio Oriente.

Pero lo que me impresionó de Sana’a no fue su belleza arquitectónica, sino sus habitantes, quienes con orgullo mostraban cuán profundamente arraigados están de sus tradiciones.

La mayoría de los hombres llevaban el thob, una túnica blanca o gris larga ajustada con decorativo cinturón de color oro que sirve para sostener una jambiya (el cuchillo curvo tradicional)… y por supuesto, un celular- los IPhones parecen ser la opción predilecta de los yemenitas!

Proud Yemeni man

“¡Bienvenida a Yemen!” me saludaban calurosamente los hombres yemenitas con los que me topaba en el camino.

La calidez hacia una extranjera caminando sola por la calle me resultaba inesperada, especialmente viniendo de aquellos yemenitas conservadores que llevaba un AK-47 en sus hombros como si fuese un accesorio más de su atuendo tradicional.

Aunque el primer pensamiento que puede venir a la mente es “terrorista a la vista” o “corre rápido por tu vida”, la realidad es que la mayoría de los hombres en Yemen tienen un arma. Después de Estados Unidos, Yemen es el segundo país más armado del mundo. Hay un estimado de 8.000.000 a 11.000.000 millones de armas en manos de civiles. Esto no significa necesariamente que la persona está afiliada a un separatista o una organización terrorista.

“Un hombre yemenita prefiere no tener comida que no tener su arma,” me comentó uno de mis guías enfatizando que cargar un arma es muy normal en la cultura de tribal de Yemen.

Irónicamente, al principio lo que me intimidaba más no eran los rifles y los cuchillos curvos que desfilan tan casualmente por la calle.


Revelando sólo sus enigmáticas miradas, todas las mujeres yemenitas visten negro de pies a cabeza, cubriendo sus cuerpos con una abaya (un manto negro) y la cara con un trozo de tela llamado niqab.

Como fantasmas negros que vagan en las antiguas callejuelas, las mujeres yemeníes me observaban con ojos inquisitivos.

Como una mujer extranjera, no estaba obligada a llevar el niqab, pero toda visitante tiene que respetar el código de vestimenta islámico. Mi pelo estaba cubierto por un velo y las curvas de mi cuerpo se escondían debajo de ropa muy holgada.

“Oh Daniela! ¿Por qué quieres ir a un lugar donde las mujeres usan burkas? Eso es aterrador! ” Me acordé las palabras de mi mamá antes de partir a Yemen.

Después de haber visitado Irán, Pakistán, Egipto y U.A.E. entre otras naciones islámicas en viajes anteriores, estaba familiarizada con las diferentes versiones del código de vestimenta islámico, como hijab, burka y el niqab. Sin embargo, este fue el primer país en el que he estado donde todas las mujeres sin excepción se ocultan por completo bajo sus ropas.

Rodeada de sombras anónimas con penetrantes miradas, era imposible no sentir un shock cultural.

Mientras exploraba por esta mística ciudad árabe, una mezcla de sentimientos se apoderaron de mí. Fascinación, intriga, intimidación, inquietud, emoción. Quería saber las historias de esas mujeres. ¿Qué hay debajo de esos velos negros? ¿Cómo es la mujer yemení que es forzada a entrar al anonimato por el conservador código de vestimenta islámico? ¿qué opinan ellas? ¿Quieren quitárselo o no se sienten bien estando descubiertas en público?

Con el calor de más de 100 grados al mediodía, me sentía como si me estuviera ahogando. Mi abaya era como una sauna en movimiento. Mi deseo era arrancarme el pañuelo de la cabeza y sacarme la abaya para que la brisa refrescara mi cuerpo.

Entre los países árabes, Arabia Saudita es quizás la peor en materia de derechos de las mujeres. Aunque las yemenitas obtuvieron el derecho al voto en 1967, Yemen no está muy por detrás de Arabia Saudita.

Los cambios más profundos se produjeron después de 1990, cuando el comunista Yemen del Sur se reunificó con el conservador Yemen del Norte. Durante la influencia de los soviéticos, el sur era más liberal y las mujeres vestían ropa occidental. En aquel entonces, las mujeres y los hombres podían compartir en el mismo lugar. Hoy en día, sin embargo, las mujeres y los hombres deben estar en espacios separados. Con la unificación, el estricto código de vestimenta islámico fue impuesto a todo el país, que se adaptó rápidamente a las nuevas y más conservadoras costumbres.

Sin embargo, los tiempos están cambiando, incluso en esta sociedad tribal y patriarcal. Algunas mujeres han desafiado el status quo para perseguir sus sueños … y incluso por el amor.

Doa’a al-Yemeni es una de esas mujeres. Se convirtió en la primera guía turística mujer de Yemen, yendo en contra de la voluntad de sus padres y de la sociedad, rompiendo además un gran estigma en la industria del turismo.

Me enteré de Doa’a por casualidad. En preparación para mi viaje, estaba investigando sobre Yemen cuando encontré un artículo titulado “Doa’a al-Yemeni ofrece tours especializados para mujeres turistas.” Eso me intrigó. Envié un correo electrónico a la periodista que escribió la nota para ver si me ponía en contacto con Doa’a.

Doaa

“Cuando estés en Sana’a, los hoteles del casco histórico te pueden contactar con ella. Todos la conocen,” aseguraba la periodista en su respuesta.

Tenía sentido porque Doa’a ha sido pionera en su país por ser la primera guía mujer. Ella fue una pionera en su país.

Por supuesto, todo el mundo debe saber ella! Bueno, eso fue lo que pensé. Así que imprimí el artículo que tenía una foto de Doa’a y al llegar Sana’a empecé su búsqueda. Primero pregunté mi hotel, pero no reconocían su nombre o foto. Fui a otros hoteles pero nadie sabía de ella.

Me tomó un día entero ubicar a Doa’a y fue gracias a la recepcionista de uno de los hoteles más lujosos de Sana’a.

Al parecer estaba pronunciando su nombre incorrectamente, pero además nadie reconoció su foto porque Doa’a siempre está cubierta cuando da el tour por la ciudad, así que la mayoría de la gente no sabe cómo luce el primera guía mujer del país.

Cuando viajo trato de ser respetuosa de la cultura y no juzgar las tradiciones, pero en este momento se me fue inevitable sentir una especie de indignación pues era ver como la identidad de este chica era borrada por un “uniforme” impuesto por la sociedad.

“Por supuesto que puedo hacerte el tour. Tengo una niña de dos años de edad y a veces es difícil trabajar porque tengo que cuidarla, pero con gusto voy a conocerte. ¿Qué tipo de tour le interesa?” me preguntó Doa’a por teléfono con un Inglés impecable.

“Me gustaría tomar el tour personalizado para las mujeres,” le respondí.

Quería decirle a Doa’a que, además de viajar por del mundo, también era periodista, pero yo no quería esa información afectara a nuestra conversación. Yo quería tener una conversación auténtica e íntima con ella para conocer los retos y los sueños de la nueva generación de mujeres yemeníes. Quería que fuera una conversación honesta de mujer a mujer, en vez de una entrevista de una periodista a una mujer.

A las 8 am, esperaba con impaciencia en el lobby del hotel. Media hora más tarde, y no había noticias de Doa’a. Un cuarto para las 9 am y aún no había señales de ella. Comencé a preguntarme si vendría.

Cuando Mohammed (el recepcionista del hotel) estaba haciéndome un cambio de imagen de moda para que me viene mas yemení –convirtiendo mi velo en un niqab-, una joven entró en el lobby del hotel, respirando aceleradamente.

“Danielle,” preguntó la mujer, quitándose el niqab en frente de Mohammed. Me sorprendí porque pensaba que las mujeres no se quitaban el niqab frente a extraños.

“Sí,” le sonreí.

Doa’a se veía un poco diferente a la foto del artículo. Medía unos 5’5” y parecía como de unos 30 años de edad. No llevaba maquillaje, revelando secuelas de acné en sus mejillas y mentón. Sus ojos eran grandes y expresivos. Su sonrisa blanca y cálida.

Limpiando el sudor de su frente, Doa’a miró Mohammed y le habló en árabe. Parecía como si conociesen de antes.

“Yo he estado aquí antes. He llevado a otros turistas del hotel en el tour ,” me explicó.

Me preguntaba por qué nadie en recepción sabía –el día anterior- que era Doa’a la chica a la que estaba desesperadamente buscando!

“Daniela, lo siento mucho. Tomé el autobús para venir aquí y es lento. Y ya sabes que es cuando se tiene un hijo. Es un reto de ser madre y trabajar,” me respondió.
“¿Vamos?” le pregunté.

Antes de salir del hotel, Doa’a se acomodó su niqab, volviendo al anónimo.

En las calles, la gente al principio nos miraba sorprendidos. Se preguntarían “¿Qué hace una mujer yemení con un turista?”

Pero cuando Doa’a les hablaba de inmediato sonreían al reconocerla por su voz.

“La gente parece tenerte estima y respeto,” le comenté.

“Me he ganado su respeto pero ha sido muy difícil. Especialmente al principio. Ahora entienden,” me respondió.

También me di cuenta de que las mujeres estaban más relajadas ante mis cámaras. La presencia de Doa’a a mi lado les daba confianza. Ya no se cubrían los ojos con las manos y en vez de mirarme con desconfianza, me sonreían con sus ojos.

“Yo continué con mi trabajo de guía turística a pesar de que mis padres estaban en contra de eso porque la sociedad no lo aprobaba. Pero la realidad es que estoy tratando de ganarme la vida, promoviendo el turismo en Yemen,” los ojos de Doa’a se llenaron de lágrimas.

Doa’a se graduó de administración de la universidad. Aunque cada vez más mujeres estudian, el analfabetismo entre las mujeres en Yemen aún es muy alto, alcanzando un 70%.

Ella decidió dedicarse al turismo para pulir su Inglés, pero se enamoró del trabajo que le permitía conocer gente de diferentes nacionalidades, ampliando su visión del mundo. Desafortunadamente, los dos últimos años -debido a la Primavera Árabe y el aumento de la presencia terrorista en la Península Arábiga- el turismo en Yemen ha decaído drásticamente.

“Mi marido y yo no tuvimos trabajo durante dos años. Con la inestabilidad política, era difícil hasta conseguir agua. Era caro. En aquel entonces, US$70 por agua! Ahora la distribución de agua se estabilizó. Hay trabajo de nuevo. Gracias Allah!” me explicó Doa’a.

Doa’a forma parte del ocho por cierto de las mujeres yemeníes que ganan un sueldo. La mayoría permanece en el hogar, dedicada a la crianza de sus hijos y viviendo como sombras negras sin voz.

“Yo trabajo pero lo que hago es digno. No me gusta cubrirme la cara, ojalá pudiera cubrirme sólo el cabello, pero yo no quiero causarle vergüenza a nadie, así que lo hago por mi dignidad y por respeto a mi pueblo y a mi familia,” dijo Doa’a con orgullo.

“Por favor, entra,” Doa’a me invitó a entrar en una casa tradicional yemení convertida en museo. No había otro turista.

Mientras visitábamos los pisos de esta exquisita mansión de cinco pisos, Doa’a me hizo otra confesión. Trabajar como guía turística no fue el único código de la sociedad que había roto, también se casó con el hombre que amaba en lugar del hombre elegido por sus padres. En una cultura en la que la mujer no puede casarse sin el permiso de su padre, lo que Doa’a hizo fue un desafío que requería mucho valor. Y tuvo que pagar un alto precio por sus decisiones.

Doa’a, la primera guía turística

“Es difícil ser una guía turística y ser una madre que trabaja bajo la sombra de la tradición Daniela. Yo nunca más hablé con mi padre. Estoy separada de mi familia por mi decisión de trabajar y casarme con un hombre con el que mi papá no estaba de acuerdo. Pero yo lo amaba y tenemos una hermosa niña. Nos amamos y él es un buen hombre,” dijo.

La mayoría de los matrimonios son acordados entre familias. Actualmente, muchas niñas aún son entregadas en matrimonio antes de alcanzar la pubertad, incluso los 10 años de edad. Un promedio de ocho mujeres mueren cada día, muchas dando a luz. Debido al estricto código social, algunas yemenís prefieren morir desangradas que ser atendidas por un hombre médico.

Salimos de la casa tradicional y nos volvemos a sumergir en el mundo de exóticos colores y olores del mercado de especias. Caótico y mágico al mismo tiempo. Era como caminar en una arabia medieval, rodeada de legendarias mezquitas y casas hechas de ladrillos.

Mientras más la conocía, más crecía mi admiración por Doa’a.

Su historia me hizo pensar en Tawakul Karman, una periodista y política yemení que ganó el Premio Nobel de la Paz en 2011. Conocida localmente como la “Mujer de Hierro,” Tawakul fue una figura clave en la “Primavera Árabe.” Fue líder de la protesta pacífica para derrocar al presidente Ali Abdullah Saleh. Durante estas manifestaciones, las mujeres salieron a exigir igualdad de derechos. Tawakul también ha sido una firme defensora de la libertad de prensa en el país.

“Danielle, creo que la modernidad y la tradición pueden funcionar juntas,” aseguró con optimismo Doa’a.

En las calles del casco antiguo, tiendas improvisadas ofrecían copias falsas de Louis Vuitton, juguetes, ropa y joyas. Doa’a -quien vivía en las afueras de la ciudad,- aprovechó la visita para hacer algunas compritas.

“¿Te gusta esto?” Me preguntó mientras se probaba una copia de LV.

En lugar de comprar la cartera LV, compró una muñeca.

“Para mi niña,” puso el juguete en su pecho.

“Danielle, lo siento. Tengo que estar en casa a las 14:00 ¿Quieres venir a mi casa?”

Aunque quería quedarme más tiempo con ella, mi tiempo en Sana’a era limitado y aún me faltaban lugares por explorar.

El tráfico de la vieja Sana’a es terrible a mediados de la tarde. Pero no dejé que me desmotivara de visitar la Mezquita Saleh, la más grande de la capital.

Se encuentra en las afueras del sur de la ciudad, y no había manera de que pudiera hacerlo allí a pie. Tomé un taxi.

Cuando el conductor se acercó, la mezquita se veía imponente, con seis grandes
minaretes de unos 100 metros de altura.

Cuando pasamos por la puerta de seguridad, una delgada mujer le exigió al conductor que parara y me preguntó de dónde era.

“Mi nombre es Kafarg. Yo trabajo en la sección de turismo de la mezquita. Te la voy a mostrar,” dijo con fluidez en Inglés.

Tenía 22 años de edad y había aprendido Inglés en la universidad.

El nombre de la mezquita fue dado en honor al derrocado presidente de Yemen, Ali Abdullah Saleh. Su construcción generó muchas controversias porque costó unos 60 millones de dólares. En un país donde el 40% de la población vive en la pobreza, semejante gasto fue considerado por los críticos innecesario.

“¿Crees en un sólo Dios,” me preguntó Kafarg al entrar en la mezquita “¿Crees en Muhammad?”

Me quedé muy sorprendida por lo directa de su pregunta.

“Creo en un sólo Dios. Y sí, creo en Muhammad, en Jesús, en Buda, en Krishna, en todos los profetas,” le contesté, tratando de ser respetuosa y neutral.

“También creemos en Jesús como uno de los profetas”, dijo ella, probablemente sospechando era cristiana, pero luego me volvió a sorprender.

“Si crees en un sólo Dios, eres musulmana!” dijo con emoción, elevando sus manos al cielo.
Aún en shock, me quede muda por un momento. Estaba tratando de cómo abordar la situación sin ofenderla. Me encanta cuando recitan el Corán, pero de allí a asegurar que soy musulmana?

Para no entrar en polémica, decidí seguirle la corriente y escucharla.

Kafarg comenzó a darme un largo discurso sobre la belleza del Islam y por qué Dios lo era todo para ella.

“Le pido a Dios que me ayude a ser una buena musulmán. Mantenerme firme en mi fe Daniela. Voy a orar por ti también. ¿Qué quieres Daniela? ¿Cuál es tu deseo?” me preguntó ansiosa mientras estábamos al frente del altar de la mezquita.

Una vez más tomó por sorpresa.

“Bueno, yo quiero salud para mis seres queridos y para mi. Quiero tener un buen trabajo que disfrute, y me encantaría enamorarme, tener un buen esposo,” le dije.

“!Y ser una buen musulmana! Recuerda que ahora eres musulmana,” me aclaró, apuntándome con su dedo como si una profesora corrigiera a su joven estudiante.

“¿Estás casada?” Le pregunté.

“No, yo también le pido a Allah por un buen marido. Un hombre rico, guapo y religioso. Yo no quiero que sea sólo rico y guapo. Yo quiero que él sea un hombre religioso, porque si él es religioso, me va a tratar bien,” aseguró. Kafarg.

Esta mezquita tiene una capacidad para 44.000 fieles, sin embargo, Kafarg y yo éramos algunas de las pocas personas allí en ese momento. El interior estaba totalmente alfombrado y decorado con vidrieros de colores y pinturas con versos coránicos. El techo era muy alto y desde allí colgaban gigantescas lámparas.

“Te voy a presentar a alguien para que ore por ti,” Kafarg me tomó la mano y nos acercamos a dos hombres sentados en una de las esquinas de la mezquita.

“Está enseñándole a recitar el Corán,” me explicó Kafarg mientras nos sentamos cerca de los dos fieles.

Hay algo realmente mágico en el sonido del Corán. Nunca he entendido una palabra, pero siempre lo he disfrutado como si fuese una exquisita melodía.

El estudiante fue interrumpido en varias ocasiones con las correcciones.

“Voy a pedirle que te bendiga y ore por sus deseos,” dijo Kafarg.

El profesor me invitó a acercarme a él y comenzó a rezar.
Bajé mi cabeza y cerré los ojos para recibir la mediación divina.

Bendiciones son bendiciones y siempre son bien recibidas no importa de qué religión vengan. Si recibí las bendiciones de un monje budista en el norte de Tailandia y de un Sadhu (hombre santo) en India, ¿por qué no de un erudito musulmán yemení?

“Amén,” Karfarg, el estudiante y yo repetíamos durante las pausas realizadas por el maestro.

“Shokran, (Gracias)” le dije al terminar.

Cuando salimos fuera de la sala de oración, ya me sentía en plena confianza con Kafarg y le hice algunas preguntas personales.

Ella era sin duda muy religiosa, pero tal vez a con sólo 22 años, también compartía con Doa’a el deseo de tirar el niqab.

“!Daniela eso es lo que Dios quiere!” Kafarg me sorprendió de nuevo con su respuesta.

Y como si yo hubiese dicho algo pecaminoso, Kafarg empezó a recitar el Corán con devoción, mirando hacia el cielo.

Cuando terminó, se volteó hacia mí.

“El cuerpo de la mujer es un regalo de Dios. Es hermoso y preciado. Si a un chicle lo cubrimos para protegerlo, ¿cómo no vamos a cubrir a las mujeres que son el más preciado? “Su comparación de una mujer con un dulce me resultaba totalmente irracional, pero la sentía tan convencida, que no la reté y me dediqué a escucharla atentamente.

“Si encuentras un caramelo que no se ha abierto, y otro que fue abierto. ¿Cuál te comerías? El que está sin abrir, ¿no? ”

Afirmé con la cabeza.

“Las mujeres más que nada necesitan protegerse. Tienen que cubrirse para no atraer a los hombres. Ven conmigo. Voy a darte un Corán y algunos CDs para que pueda continuar con tus estudios islámicos,” me agarró la mano y arrastró con entusiasmo a la oficina administrativa de la mezquita.

Kafarg

Para llegar a su oficina, tuvimos que tomar un ascensor. Estaba lleno de mujeres cubiertas que parecían confundidas con mi presencia allí.

“Musulmana,” le dijo Kafarg a las chicas que nos rodeaban.
Las mujeres sonrieron con sus miradas y asintieron con la cabeza.

“Sólo les dije que eras un musulmán,” Kafarg me guiñó el ojo.

Abrió una de las oficinas y me invitó a venir entrar.

“Yo trabajo aquí”, cerró la puerta y buscó el Corán y los CDs que quería darme.

En la intimidad de su oficina, se quito el velo. Su rostro era delgado y largo. Sus ojos castaños no tenían arrugas, pero sí ojeras. Su nariz era larga y sus labios carnosos. Su sonrisa era perfecta. Era una chica joven y atractiva.

“Todo lo que necesita está aquí,” me entregó un kit pre-empaquetado. “Toma estos dos también,” me dio dos túnicas negras con capuchas que parecía más una capa de un mago que un atuendo islámico.

“¿Puedo grabarte en video,” Kafarg ya estaba configurando la cámara.

“¡Dios mío! Ahora que va a ser incluso un video de “mi conversión!” Traté de pensar rápidamente en lo que iba a decir que no sonara muy comprometedor.

“Entonces, ¿cómo te sientes ahora que ha aprendido acerca de Dios? Ahora que eres musulmana?”

“Estoy muy agradecida. Ha sido un gusto haberte conocido Kafarg porque has sido muy amable y me has enseñado mucho sobre el Islam. Voy a seguir estudiando para aprender más,” respondí evitando confesar que me había convertido.

¡No sabía para que iba a utilizar este vídeo! ¿Tal vez la conversión de un infiel le daba créditos adicionales? ¿Tal vez le ayudaría a conseguir una mejor posición en esta islámica? Siempre me quedaré con esa interrogante…

Kafarg me hizo recordar a los evangelistas que tocaban la puerta de mi casa cuando yo era un niña para hablar de religión.

Pero de alguna manera, Kafarg me conmovió a pesar de su insistencia.

“Una nueva musulmana,” me abrazó con emoción luego de dar mi declaración en cámara. “Es hora de orar,” dijo al escuchar el llamado a la oración del muecín.

Decenas de fieles caminaban descalzas en una gran sala sólo para las mujeres. Todas estaban ordenadamente paradas en filas con sus caras descubiertas. Los hombres estaban separados en el salón principal.

“Ven aquí,” Kafarg estaba en la segunda fila. Me puse de pie a su izquierda. “Sigue mis movimientos,” murmuró.

Una enorme pantalla de televisión estaba colocada en el medio de la sala.

La oración era transmitida en la televisión nacional.

“Allah Akbar,” todas repetíamos al mismo tiempo que nos arrodillábamos alabando a un sólo Dios.

De repente me sentí abrumada con emociones. Fue realmente una experiencia surrealista estar allí entre todas esas creyentes musulmanas y compartir esa energía de ferviente devoción.

La intensidad del momento me hizo llorar. Aunque no era musulmana, podía sentir la presencia de Dios.

Cerré los ojos y dejé que las lágrimas corrieran libres. Me entregué al momento.

Cuando la oración terminó, Kafarg me tomó de la mano, la elevó al techo y gritó algo al gentío.

Decenas de mujeres vinieron a mí sonriendo, y me abrazaron. Jóvenes, viejas, de edad media, hacían fila para darme la bienvenida en su fe. Algunas incluso lloraban de la emoción.

Al salir, nos dimos cuenta que había empezado a llover. Kafarg elevó sus manos al nublado cielo.

“Ves? Es una señal de nuevo comienzo Daniela,” aseguro Kafarg.

Al día siguiente, conocí por casualidad a Ushra, una hermosa chica de 19 años de edad con enormes ojos y largas pestañas.

Beautiful Ushra

Su Inglés era impresionante. Todavía estaba en la universidad, pero dedicaba su tiempo libre para trabajar como guía y vendedora en una casa tradicional.

Me sorprendió verla con el rostro descubierto.

“¿Tapas tu cara cuando sales a la calle,” le pregunté.

“Sí,” dijo como si no fuese gran cosa.

“¿Te gustaría no tener que hacerlo?” le pregunté con mucha curiosidad porque parecía una chica moderna y de mente abierta.

“Me da igual. Prefiero no hacerlo cuando trabajo. Es importante darle la cara a los visitantes y a los clientes de la tienda. Mis padres están de acuerdo con eso. Ellos me entienden,” explicó.

Su madre y su hermana también trabajan.

“Ahora las cosas están cambiando. Algunas mujeres trabajan, pero tiene que ser un trabajo respetuoso,” aclaró.

Ushra me llevó a una de las habitaciones de la casa tradicional para explicarme los diferentes códigos de vestimenta islámico.

El khymar es un traje suelto de color negro que cubre el cuerpo, la cabeza y los ojos, que están cubiertos por pedazo de tela semi-transparente. El niqab, que es lo que usan la mayoría de las mujeres yemeníes, es “considerado más moderado” porque tiene la abertura en los ojos.

Cuando Ushra comenzó a ponerme el Khymar, me sentía tan extraña al ver el mundo a través de ese trozo de tela. ¿Cómo pueden caminar si ver con claridad?” era mi pregunta.

Luego Ushra colocó hacia atrás el paño que cubría mis ojos, dejándolos al descubierto para explicarme que eso era el niqab. La orilla de la tela del velo rozaba ligeramente el interior de mis ojos, causando un poco de dolor y una tremenda incomodidad.

“Te ves tan hermosa!” decretó Ushra con dulzura.

“Oh Ushra, realmente las admiro. No sobreviviría un día así,” le confesé.

“Uno se acostumbra. No es tan malo,” respondió riendo.

“¿Tienes Facebook?” me preguntó la jovencita mientras colocaba su laptop en las piernas. “Listo. Ya vamos a estar en contacto,” dijo al enviarme una solicitud de amistad.

Como cualquier chica de su edad, Ushra tiene el sueño de terminar la escuela, viajar, ver el mundo, enamorarse …

Aunque las mujeres yemeníes se ocultan bajo esas prendas que las hacen lucir anónimas, reprimidas y religiosas radicales, la realidad es que son más similares a nosotras en el Occidente de lo que nos imaginamos.

Al explorar Yemen, conocí a docenas de mujeres como Doa’a, Kafarg y Ushra, que se quitaron el velo delante de mí y abrieron su corazón. Algunas me invitaron a rezar, pero otras también me invitaron a bailar con ellas y a sacudir las caderas… eso sí alejadas de cualquier mirada masculina.

Pronto descubrí que bajo esas prendas oscuras, había escondido un montón de colores brillantes, elaborados maquillajes y peinados, vestidos extravagante con una gran cantidad de lentejuelas y encajes. Mujeres curiosas con corazones tan grandes como sus anhelos.

Me di cuenta que lo que inicialmente interpreté como miradas hostiles eran, en realidad, una gran fascinación. Lejos de la vista del público, estas mujeres fueron pura generosidad, risas y calidez. Durante mi viaje a Yemen, fueron incontables la cantidad de invitaciones para quedarme en sus hogares, las alegres celebraciones, las carcajadas, los abrazos, las largas conversaciones, bendiciones y humildes regalos que no me esperaba.

Se visten de manera diferente, pero sus sueños y luchas son similares a las nuestras … con la diferencia que ellas tienen una batalla más difícil que combatir en una sociedad conservadora y tribal, donde aún las mujeres no son tratadas con igualdad de derechos.

“Viajar es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de miras.” – Mark Twain.

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